Te echaremos de menos, KFB

Samuel Mateo Giménez 

    ¿Cómo empezar a escribir una entrada así? Es imposible encontrar las palabras adecuadas para una situación como esta, porque no hay palabras que puedan ni expresar el dolor que provoca la pérdida de un ser querido y admirado por tantos, ni tampoco que puedan paliar o aliviar ni lo más mínimo ese dolor.

Foto: NASCAR Digital Media LLC

    En el día de ayer, tras haber sido hospitalizado a causa de una grave y rápida enfermedad, Kyle Busch falleció a la edad de 41 años. Su muerte es una de las mayores pérdidas que ha tenido la comunidad de NASCAR, en particular, y el mundo del automovilismo, en general.

    Deportivamente, Kyle Busch fue uno de los mejores pilotos del siglo. Se convirtió en bicampeón de la NASCAR Cup Series, ganador de 63 carreras en dicha categoría (top-10 histórico) y de 234 en el total de las series nacionales de NASCAR (el que más de todos los tiempos). 

    Kyle Busch era un piloto distinto, un piloto especial. Su talento queda fuera de toda duda, pero talento tienen muchos. Lo que le hacía distinto era su forma de ser, su carácter y su personalidad. Esa manera de afrontar la competición quedaba patente tanto dentro de la pista, con una agresividad a veces digna de ser considerada desmedida; y fuera de ella, con su forma de comunicarse, de relacionarse o de mostrarse públicamente.

    Eso le llevó a ser una figura polarizada, el típico piloto que no genera indiferencia, el típico piloto al que amas u odias, sin término medio. Generar ese tipo de sensaciones y emociones es algo al alcance de muy pocos. Solo alguien que es rematadamente bueno puede permitirse el lujo de granjearse "enemigos" y contar con el favor de amplios grupos de aficionados. Pero él lo consiguió, porque, como decíamos, él era distinto y especial, único e inigualable.

    Es por eso por lo que, a nivel deportivo,  el fallecimiento de Kyle Busch nos deja sin un piloto fantástico, un corredor generacional capaz de hacer cosas con un coche de carreras al alcance de muy pocos. Pero la mayor pérdida es la que va más allá. Nos deja un piloto icónico, una de las caras visibles del deporte, alguien que trascendió la esfera del deporte, la del fanático incondicional, y que era conocido por amplios sectores de la población, incluso personas que no seguían las carreras. NASCAR pierde a un gigante, una figura trascendental en las últimas décadas, el carácter y el genio del deporte, alguien que encarnaba la espontaneidad y la franqueza frente a los discursos programados, la sinceridad y la forma de ser natural frente al bienquedismo, la singularidad frente a lo cotidiano. Hay figuras muy relevantes y queridas en el paddock, algunas con casi tanto carisma y peso como él, pero ninguna como él. Es por ello por lo que el hueco que deja es irremplazable.

    Volviendo a la idea inicial, no hay nada que podamos hacer ni decir que le haga justicia a Kyle Busch y la importancia que ha tenido en la historia reciente de NASCAR. Tampoco hay nada que pueda ayudar en paliar el dolor a su esposa Samantha, a sus hijos Brexton y Lennix, a sus padres, a su hermano Kurt o cualquiera de sus allegados. Pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados sin escribir unas modestas e insuficientes líneas que contribuyan, aunque de forma mínima, a valorar de la forma en la que se merece a un piloto sin igual.

NASCAR no será lo mismo sin Kyle Busch. 

NASCAR es un lugar peor sin Kyle Busch.

Te echaremos de menos, Rowdy. Descansa en paz.

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